jueves 12 de enero de 2012

Uno camina, nada más.



A veces la forma no importa, da igual si la luz es poca, si los árboles son manchas oscuras a vista corta y  las sombras de los caminantes se alargan con las leves luces de la luna o de las lámparas colgadas de las azoteas de  casas viejas.  Caminar como lavarse la cara,  comer, dormir, beber. Es una necesidad más fuerte, a veces, que esa que algunos se inventan: la de estar con alguien.  Se camina lento,  como para que cualquiera nos alcance, como para no cansarnos o no caer; los pasos se aligeran al recorrer el mundo por el suelo, como midiéndolo para que no desaparezca, como marcándolo para que no sea de otros como nuestro.
No es posible caminar con precauciones, porque caminar ya no sería un acto de placer, sería otra cosa, sería un medio para un fin;  sería andar para llegar a un sitio supuesto, que quizá no exista, que quizá no sea.  Las distancias se acortan con danza y ritmo, no hay brevedad ni desesperación cuando se baila a pasos despreocupados...

...
¿Escuchas alguna cosa? 
Se dice que si no está roto no hay que arreglarlo. 
...

No se pueden evitar los actos de los otros,  porque son actos puros, sólo los actos propios que no son llevados a cabo son actos impuros y, por lo tanto, evitables. Parece fácil y conveniente, pero quizá es más difícil  que correr o volar para ser un  hombre de esos que parecen ideales; los que nunca caminan para no quedarse atrás, los que  no disfrutan el trayecto, los que se llenan de fines y de logros por cumplir. Qué vida tan terrible la de esos hombres que están condenados,  que mueren antes de morir; quizá  tomaría el lugar de alguno para salvarlo de sus penas, pero no se puede,  son  indefensamente puros, corren por naturaleza, son demasiado buenos para ser  libres  de permitirse caminar y ver sus sombras deformarse.
Hay manchas en la oscuridad que sólo se ven caminando,  las luces del día se vuelven sitios ciegos de noche, uno debe caminar  sin descanso para descubrir el cambio,  después debe ser el cambio mismo y al final  ser, irremediablemente,  pies que caminen sin dar pasos evidentes. 

jueves 5 de enero de 2012

De eyacular.


Evito el orgasmo
de todas las maneras posibles, 
lo sostengo con el aire,
lo abanico,
lo empujo hacia atrás exhalando  
y camino siempre de frente al sol
para que el calor sea costumbre.

No es cuestión de actitud o de ego,
ni  exalto mi recuerdo cada vez
que cae de mí lo único que tengo;
como pieza de pecado se libera
un instante en santidad que el cielo pena.

Y no le temo a vaciarme,
no veo el mal en un vientre mojado,
invadido  de otro,
tampoco me molestan las nalgas en llovizna,
ni los pechos manchados 
o que me beban desde el alma
como bebiendo vida de la botella de dios.

Puedo exprimirme a mi mismo
sobre los labios de quien lo pida 
o permito que alguna me seque…
Pero es que prefiero no hacerlo,
mejor paseo en el camino de quien sea 
y  me baño sin  ser yo el manantial.

Podría convertirme en otra cosa,
ser yo una fuerza desmedida,  
golpear mientras beso,
alimentarme de mí al desaparecer
comenzando de nuevo… después.

Pero incluso
luego de conseguir lo que no busco, 
luego de ser una memoria,
una sonrisa prolongada,
el brillo de unos ojos
y la paz  en la desesperación…
prefiero no hacer mi parte en el fin
y quedarme, yo,
con lo que debiera dejar en comisuras.

Hace tiempo que eyacular
me hace tan inmensamente triste
que al hacerlo olvido que a alguien más
le parece una bendición instantánea.
Y no queda más que hacer del camino la bendición
para que el final no sea necesario.

lunes 31 de octubre de 2011

Música sin fe.



La música se corta, se rompe con la gotera que repite el tambor largo, lento. Siempre pasa que los momentos dejan de ser, como los rostros al paso del tiempo, como los ojos al viento perdiendo el brillo que no sirve para ver sino para verse. Lo mejor acomodado se cae luego de cualquier temblor, es miedo, seguro es miedo que vibra en las piedras y debajo de ellas. La gente teme siempre, como si no quedara fe en alguna piedra puesta sobre algún madero… puesto sobre algunas manos.

Repetir palabras al viento es la salvación dijo un hombre alguna vez, dijo también que no había que darle sentido sólo decirlas sin significado y sin valor; como lo hacemos siempre, como lo hace la mayoría. Decir por decir pero al viento, como si escuchara ese ser infinito el murmullo de una voz mortal que sólo sopla para darle más vida. Es fe, pero ya no queda en las manos de los hombres. Cada uno la pierde a su manera y a su tiempo, algunos antes pero nadie después, todos al tiempo. Unos no hablan para no sentir esperanzas, otros hablan más para matarlas, la mayoría no busca nada pero pierde todo o lo guarda y lo olvida, o lo olvida sin saber que el olvido existe. Qué difícil hacer sin saber. Difícil porque lo es ¿quién me dirá lo que es equivocarse? Probablemente todos pero a su tiempo y el tiempo es, siempre, justo después de cuando se debiera. Equivocarse es más sencillo cuando no se sabe de qué se trata.

Decir las cosas obvias rompe la música también, no decir nada deja correr los sonidos y decir por decir armoniza las imágenes que hablan del mundo como cuando nosotros hablamos del frío, de la naturaleza o del fuego. Siempre he sabido que nadie se va a levantar, no hay almas fuera de nosotros ¿qué podría provocar hablando desde adentro si no es una tormenta desde adentro mismo? Cortar la música no es nunca una opción, pero no eliges cortarla o no, nadie enseña, pocos la escuchan y otros, que seguro son menos, la hacen de cualquier cosa; pueden, quizá, encontrar algún tono en el color de un diamante que no hace ruidos perceptibles ni al caer.

Gota a gota nace el ritmo a ruido de caer; como caen los hombres en combate, como caen los hijos del vientre y como caen, también, las pestañas cuando aplauden al cerrar los ojos el hombre para hacer música compuesta con voces al viento que, sin sentido ni valor, dan vida a la muerte misma de las palabras.

domingo 11 de septiembre de 2011

Soy.

No debería, por alguna razón no debería ser esto.


Una mezcla entre lo que se supone que soy y lo que por seguro soy.

Debería tener un momento de silencios, unos largos, callados. No sé que hay en un umbral cercano a éste, no sé cada cuanto hago lo correcto... o lo necesario.

He dicho siempre que escribo para no enfermar, pero ¿qué si ya estoy enfermo? Ya no es curación, no las letras ni el alcohol, ambas cosas me dan la misma pena cada amanecer.

Es tan terrible ser lo que dicen otros, es terrible ser los otros.

Fingir es una actuación efímera, las voces de la gente son pedradas con el permiso de dios en honor a mandamientos de sal y sudor.

Recuerdo muchas veces haber escrito por amor y por muerte, ambas cosas llegaron de maneras distintas pero al mismo tiempo, como de la mano sin conocerse, como besándose para olvidarse.

Es esta sensación de que lo quiero todo, todas las mujeres, todo el alcohol, todos los momentos, todos los eventos, las marcas en la cara, todo lo que deja algo entre los dientes luego de tenerlo. Y no tener nada es una cuestión de actitud.

El rostro que no puedo dejar de ver, que no lo olvido porque no se puede, la mujer que casi sonríe con la boca mientras no puede llorar con sus ojos parecidos a los míos. Ella sonríe y habla de lunas llenas para ver la noche y caballos de mar para señalar al hombre, pero no la veo como es, como externa, como ajena a lo inmediato.

No sé bien por que bebo de esa manera, como con sed desesperada, como apagando fuegos interminables, como suicidándome, ahogándome en la fidelidad de un amigo que a traición desdibuja la imagen de las cosas que tocamos juntos.

Prefiero decir, creo, que no hago nada y no soy otra cosa que la respiración del momento, o la desilusión de las mañanas siguientes.

Que estoy triste como nunca antes, es cierto. La razón, quién sabe cuál sea, generalmente nadie sigue las esencias de los fenómenos, esas se quedan siempre en espera de de conocerse, de pronto son y nada más, de pronto no está nadie y hay que dormir un poco más, o un poco menos, cualquier cosa es suficiente si las manos te tiemblan y el corazón se esconde entre las paredes del pecho.

sábado 3 de septiembre de 2011

Cualquiera, yo y el diablo

Cualquiera, yo y el diablo amigo de dios en el infierno, un espectáculo bochornoso del báculo del destino perezoso que esclaviza la risa amante de los pocos andantes que sonreímos con un dejo de dulzura escurriendo de la comisura del alma y del viento que somos cuando escondemos el aire que sobra en el mundo que no es nuestro ni de cualquiera ni del diablo amigo de dios en el infierno.


Un poco de nostalgia entre las paredes que dibujan los labios que no besan por imposibilidad. La prohibición del hombre a la mujer de todos para su propio bienestar como el brote de todos los pesares vividos y matados.

Si yo soy cualquiera, y el diablo y dios, entonces adiós y con la mano en el aire escondo que nadie sin paz ni armonía en el día de muerte que, con suerte, emanará de un cuento escrito con el puño inmune de una mujer que olvidó ser de su tiempo como el tempo de ella y del viento como sólo de sí mismo. Se pasea el viento por los ventanales y los pocos árboles que el otoño deja antes de helarlos en el frío invierno de la poca soledad de los hombres que no lloran por la mujer que han perdido las suficientes veces para mostrarse, por lo menos, un poco parecidos a cualquiera, a mí o al diablo amigo de dios en el infierno.

jueves 1 de septiembre de 2011

Al Infierno

Fragmento.

Escribir con el alma o para el alma, como si hubiera una diferencia entre ambas cosas; como si el orden del mundo las separara por mera fragilidad emocional.

Una repetición del sentimiento matutino de autocompasión. Cuando despiertas pensando en la mujer que no debieras sólo porque la soñaste por tercera vez consecutiva, el sueño de una noche donde los espacios vacíos de la cama estorban y el lado contrario se vuelve infinitamente oscuro y lejano, largo, interminablemente inhabitable. La mujer, esa mujer que crea el mundo desde el infierno que esconde entre sus piernas mientras baila escandalosamente canciones que parecen de cuna y de muerte, de tristeza y desesperación; también de todo lo contrario; me despierta y me hace implorar perdones a cualquiera de los dioses que me ven, aunque me vean para reírse y darse gusto y su deseo sea que siga siendo torpe y mi vida sea la falla donde se acumulan las fallas de todos los demás.

De ese infierno lleno de fuerza que parece nombrar la piel de mis manos como pidiéndoles favores de santidad, estas palmas que sólo escuchan los olores del pasado que no tienen semejanza con los de un presente sin clima ni sabor entre las hojas de sus árboles sin frutos para los hombres solos. Algunos otros rodean la piel de una serpiente mientras la converso con todo el permiso que me da su infierno inagotable hasta hoy. Ni una vida despierta en el oscuro templo de cualquier santo podría compararse en divinidad con el momento que me da mientras duermo en su caricia subconsciente de mujer sin hambre y poca sed, pero de ahogo constante, necesario, vital. No soy un dios en la palma de la mano de cualquiera que se arrodille con el corazón bombeando fe al universo para que lo escuche y lo ilumine; soy, más bien, una gota de sudor en el pecho de quien sea, el residuo de un acto puro y olvidable luego de la máxima imagen de esplendor de cualquier luz intermitente o desprendida de alguna estrella a la que no se le mira a los ojos por mera caridad.

jueves 4 de agosto de 2011

Eternidad y Vacío.

Qué golpe tan tortuoso el del tiempo para quien no comprende que lo mismo cabe la eternidad en un año, en un segundo, en un parpadeo y en un adiós; los recuerdos que golpean al tiempo de cada respiro, avergüenzan el alma y contagian al resto del ser como implacable sustancia mortuoria y son, también, eternidad impaciente. Puede perderse un hombre débil en los ojos relucientes de una mujer que espera sin ser esperada, puede su sonrisa causarle tanta pena que lo hace esconderse en lo más profundo de su propia materia; llorar a los adentros hasta inundar su sangre de lágrimas y enfermar del corazón al corazón. Jugar con las transformaciones de aquel rostro que no merece ser profanado es eternidad, es repetición, es el círculo que entierra la libertad, que esclaviza el poco espíritu que queda entre los dedos de un asesino o de una ladrona. La eternidad es lo contrario al vacío y aun así se desean mutuamente,  paren al tiempo y el tiempo pare a los hombres con la única razón de no quedarse solo, hueco, inexistente.

sábado 23 de julio de 2011

Termina, se acaba.

Todo termina, en las mañanas de sol o en las tardes frías de los veranos falsos; todo tiene ciertas fracturas, no finales. Las cosas que aparentemente se terminan se esconden a sí mismas su imagen o se dispersan en recipientes lejanos entre sí. Hoy que termina alguna cosa se forma en otro lado como consuelo del sentimiento que perdura en los corazones luego de alguna muerte, de alguna despedida, de algún desenlace. El desencanto no es mayor que el recuerdo, pero sí dura más que el amor o el odio, o cualquier otro sentimiento perecedero, intermitente, renovable. Los finales son románticamente fundamentales, son la piedra brillante en el anillo del sabio; y hay tan pocos sabios y finales que los fundamentos parecen pasado muerto.


Más que caminar no hay, la única opción en estos días es recorrer al sendero de los que no vuelven, de los que son, si no olvidados, liberados, desterrados o descarnados. Toca esconderse, aún más; toca ver, pensar en otra cosa y respirar sin prisa, hacer de la brisa una serpiente que rodea el ambiente, el suelo, los ojos, la paz de la inhalación. Mirar atrás es desvanecer como los golpes de viento a las montañas de sal un pecado que el dios no ha de soportar.

Las cosas que se terminan no son ajenas al comienzo. Este comienzo no es muy diferente a la nada y la nada no es, siquiera, mínimamente distinta al final.

¿No son todas estas un espectro de la fe que cabe entre los dedos de cada hombre?

Se acaba, se acabó, comienza, comenzó sin mensaje poético.

lunes 4 de julio de 2011

Soneto a alguna Paulina para poder donar sangre.

Que mi sangre no sirve para donar, que la hemoglobina la tengo baja y me falta hierro.
Estás amarillo, come bien,  eres  muy joven para estar así, me dijo el médico,  yo asentí porque no discuto con la gente que sabe poco.
 Debo comer mejor, bajar de peso, correr por las mañanas y dejar el cigarro. Qué no es bueno fumar después de comer, que mata las proteínas del alimento, qué importan las proteínas si se siente bien. 
Debo levantar el ánimo  y escribir cosas agradables,  felices, contar mentiras,  conseguirme una novia o recuperar alguna que haya tenido, hacer más deporte, olvidar el sabor y ver el contenido,   dejar de leer lo que leo   –dejar de ser yo-
El problema no es con mi sangre ni con mi alimentación, el problema es el corazón; es muy flojo, no palpita bien, no bombea lo suficiente, no aprende a amar y últimamente no siente por mera hueva.
 ¡Es muy flojo! Tan flojo que manda la sangre por partes y desnutrida,  por eso es que mis muestras salen defectuosas y no  puedo donar aunque quisiera.
Seguiré las indicaciones del médico y escribiré cosas agradables, escribiré, entonces,  un soneto a alguna Paulina.

Pero en verdad que es bonita Paulina,
seguro no sabe que su sonrisa
iguala a su silueta en la cortina
justo cuando se quita la camisa.

No le digo nada, no la conozco
como  el mosco que le pica las piernas;
mientras duerme sus noches  me  amanezco,
sin pensarla, recorriendo cantinas.

No la pienso porque no sé quién es, 
ni sé de su cabello el color nuez,
si se lo peina o no lo necesita.

Y ella no sabe que alguien le incrimina
un soneto que no pide una cita.
Pero en verdad que bonita es paulina.

jueves 30 de junio de 2011

Reencarnaciones del hombre Solo. (fragmento)

He caminado al estilo de los perros  de calle,  a merced del olfato, del oído, de cualquier cosa.  No es temporada de nada, no hay razones naturales, no hay frío ni brama. Se me han cancelado las erecciones desde hace unos kilómetros, no sé si alguien las mató o si me las suspendieron desde arriba. Ni siquiera vuelven al  compartir mi último cigarro con una bella prostituta en bata que se sentó a mi lado en la barra de algún bar de la primera, estoy seguro de que la sangre me hierve a cada respiro y aún así no encuentro donde acomodarla. Me voy de ahí como de todos lados mientras recojo los recuerdos de un rostro triste que le puso la amargura más grande a mi vida. La voz imaginaria llamándome pendejo por no ser de ella de quién estaba enamorado. Cada paso es una imagen que regresa luego de mucho; de todas sé el lugar, la fecha, la razón, el motivo y quizá la hora.
Bajo la banqueta viendo al semáforo y me golpea la memoria de un largo cabello rojo adornando unas grandes tetas metidas debajo de una camisa de kiss, después me llegan, de pronto, otras tetas y otro pelo, parecidas ambas cosas a las anteriores. Doy cuenta de que repito mis actos. Trato de pensar en otra cosa mientras descubro a dos tipos al frente, besándose. Recuerdo de pronto  un beso profundo en la parte de atrás de un auto verde, me pierdo en los detalles, sus detalles, mujer perfecta, toda.  Aprieto los ojos, trato de borrarla aunque sea por un momento, pero la sigo viendo, sigue ahí, me está golpeando. El último espiral de su cabello se marca en mis ojos y aún cuando los abro para seguir caminando se devisa entre las luces del anuncio  de la esquina; estoy maldito, tengo demonios atravesados en mi alma que se tatúan en mis ojos y no me permiten ver la calle.
Las calles no se vacían nunca, parece que dependen de no estar solas, que si se quedan huecas desaparecen, es como si los hombres le dieran la existencia. Mi memoria ataca cuando busco un lugar vacío, es una sonrisa infantil de hace mucho tiempo; callo la sonrisa de un beso, sé que le estoy mintiendo, sé que no me importa qué es lo que le importa a ella, y la beso de todas maneras. Recuerdo que lo quería antes, pero no ahora, cierro fuerte los ojos y los abro después, de frente a un poste. Olvido el beso de aquella sonrisa  y recuerdo los juegos de niños que aún en la preparatoria jugábamos.  De la nada: Servicio social en la enfermería, dentro del pequeño consultorio mientras la doctora estaba en clase.  La chica: ojos grandes y pelo negro; mientras un amigo me cuida la entrada le quito la blusa y levanto el sostén, puedo ver sus tetas mirándome fijamente, le aprieto la cintura fuerte con los antebrazos, como para que no se escape  y le empiezo a besar los pezones, los mamo y los aprieto con los labios, la escucho decir mi nombre y desaparece.  Quién sabe cuántos pasos di mientras recordaba eso pero estoy en una esquina y sigo viendo gente, ésta nunca desaparecerá, como tampoco mis memorias.
Es hora de irse, lo sé cuando comienzo a sudar y el aire me falta. Necesito un cigarro pero se terminaron. Y recuerdo el maquillaje de aquella prostituta, recuerdo su sonrisa también, la que hizo cuando se acercó, la misma que me regaló cuando me pidió el cigarro; ésa a la que un hombre no puede negarse. Pienso que me enamoré de ella y justo cuando termino de pensarlo aparece una mirada, ni siquiera tengo que pensar quién es, lo sé al ver sus ojos desesperados, me mira y estoy dentro de ella, abre la boca para morderme y desaparece.  Volteo  a la izquierda, una luz en el techo de un auto es una señal gloriosa en momentos tan cutres como éste. Tomo un taxi, me tranquilizo.
Para evitar que la música del taxista me traiga recuerdos me concentro en la calle. La línea de la banqueta es blanca, muy blanca, y parece interminable; hemos recorrido largo tramo y sigo viéndola. Larga línea blanca. Y llega otra línea a mi cabeza: dos chicas haciéndome favores en un motel de buen precio, una de ellas está de rodillas en la orilla de la cama, y mientras estoy detrás golpeando sus nalgas mientras entro, inhala, de la otra, el camino hacia  el ombligo que ella misma le dibujó con cocaína. La otra se levanta y la quita de mí, comienza a besarme, me besa todo lo que puede y se tira de nuevo a la cama abriendo las piernas, me llama con sus bocas, las dos; y yo trato de llenar ambas. El taxista evade a un perro, bendigo al animal por sacarme del tiempo. No miro más a la ventana, ya no miro nada, no quiero.
Me pregunto por qué una prostituta se acercaría  a mí. Era tan bella como la misma paz del alma que cuentan que existe, pude amarla como amé a aquélla que tenía un nombre con significado dulce y un rostro de diosa; está a punto de llegar la memoria de su cuerpo desnudo y el taxista para y dice “ya llegamos, joven”.  Yo sonrío, le pago y le doy las gracias, pero no por traerme, sino por evitarme la peor de las reencarnaciones, la de aquélla. Cruzo la calle y camino de regreso a casa.
Siempre regreso al mismo sitio, siempre con la misma cara, siempre a sentarme donde mismo, a seguir atrapando memorias; por más costumbre que por deseo, con más miedo que satisfacción.  Tomo hielo del congelador, los dejo caer en un vaso y se forma una estrella dentro de éste, sonrío y el alma me pesa dentro del pecho, la memoria no me deja estar solo, pienso en todas las estrellas que puedo y me atacan todas, cada una con distinta voz, distinto color, nalgas, pechos, labios, vaginas, ojos, cabellos, dedos, gemidos…
Dejo el vaso, paso las horas con las manos en la cara, como tratando de regresar los recuerdos a mi cabeza metiéndolos por los ojos…

martes 28 de junio de 2011

A respiro profundo.

El último suspiro de un hombre debe estar contaminado, negro, espeso. Debe parecer la razón de la muerte, debe contener la desesperación de una reacción vaporizada; debe ser oloroso, repugnante, placentero. El hombre debe sacar la vida de sus pulmones, debe escupirla, vomitarla.

Porque nadie entiende el suicidio lento, el suicidio del arte, el suicidio del disfrute. El licor suave de la vida en ocaso constante; la penumbra sin dolor ni miedo, el desapego más profundo, el cuento que no cuenta al futuro en su presente. El presente que siempre es lo que parece y que parece siempre ser mejor.

El más astuto de los hombres reniega del oxigeno, lo opaca, lo esconde, lo pinta. No respira: espira. Se contamina el hombre astuto, se desdibuja del viento, se recorta las alas que le salen de la espalda, las mutila. Se mutila la vida, también, para no estar deforme ni monstruoso, se cuida, los cuida a todos; los baña con sus manos y los seca con vientos de calor y dolor, de podredumbre y nostalgia, de lejanías perpetuas.

El Hombre Solo, no comunica con las palabras que forman figuras en el pensamiento, sino con señales que dibujan arte en el viento con blanquizcos y oscuros tonos de tormenta y llamarada, de fuego arrojado, inmenso manantial de innombrables reencarnaciones de los otros, los que ya no están porque el Solo los suspende, los existe desde afuera y desde otro lado.

Bebe, flota en elixir el engaño del que juega con la muerte en un relámpago de vida. Ya escupe, ya vomita; ya desconoce a los que siempre son, lo que no cambian, los que viven por relámpagos, también.

Él, Solo, no espera que se lo lleven aun cuando pronto le toca despedirse. El hombre no es una quimera de repente, ni una pieza, ni alguna cosa de valor, es sólo ese aire que le sopla al viento casi para correrlo de su rostro, casi para advertirle que si vuelve lo transformará en muerte, en destino, en santidad, en vida que no es lo mismo, en ningún caso, que tiempo.

lunes 27 de junio de 2011

Cuatro párrafos y un soneto de autoexilio.

I

Hay que sanar las heridas desde el cielo,
arrancar las bendiciones,
condenar al fuego el aliento entrecortado,
abusar del instante, de los olores.

Meterse a la cueva del desprecio,
con los que se comparte el mundo,                       las yagas;
llegar como loco, ahogado, sediento,
mutilado del alma pero con calma.

II

¿Qué con esconderse en la propia piel?
¿Con someterse, el hombre, a sí mismo?
si en su abismo la mujer se hizo miel;
figura que se escurre, un espejismo.

Si los enemigos se han vuelto amigos,
si el rostro ya no le parece humano,
si en vano va cobrándose castigos
que con sangre se escriben en su mano.

Debe separarse del mundo, entonces,
esconderse en su pago de intereses,
volcarse con su vida a la muerte.

Cerrar los ojos para ver adentro,
darle suerte a la suerte de la suerte,
suficiente, para encontrar su centro.

III

Un ojo tragaluz de luna entre las piedras,
iluminación sin rumbo, desparpajada,
una sonrisa curvada en el suelo,
marcada sin dolor sobre las rocas.

La mano de una niña sin velo
mostrando su carita enojada,
hermosa como el canto de las ranas
cuando el hombre las escucha sin mirar.

lunes 20 de junio de 2011

Mañanas.

I
Cada día amanece un poco más tarde,
el sol se ve más fuerte al salir,
pero sale tarde; 
a la hora de despertar está hirviendo el aire,
y las hojas de los árboles se ven tostadas
por los rayos que  caen de entre las nubes del verano.
Antes no veía esas cosas, prefería los espejos,
ahora ya no hay nada que ver ahí. 
Así que salgo a la calle a ser como la hoja del higo,
o de la enredadera, 
o como las pequeñas hojas del árbol de granadas
que cada vez es más viejo y delgado.
Las aves del paraíso, no vuelan ni cantan,
se quedan quietas  viendo hacia el frente,
como queriendo llegar, con los ojos cerrados,
al otro lado del viento.
Los árboles ya casi caminan,
Se acomodan entre los edificios
porque a veces no aguantan; 
y tengo que ir por ahí, caminando,
persiguiendo las sombras que van dejando
mientras huyen de la luz.